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martes, 22 de marzo de 2016

Telerrealidad mete a falsos condenados en una cárcel estadounidense

Seleccione a siete hombres y mujeres y sígalos dentro de una prisión estadounidense conocida por el contrabando y la violencia, en medio de 500 reclusos, grabados constantemente con 300 cámaras.
Nada nuevo para un "reality show" estadounidense, aunque este añade un ingrediente desconcertante: los siete presos recién llegados son voluntarios e inocentes, y tanto los guardias de la cárcel como los demás reclusos lo ignoran.
La serie de la cadena A&E "60 días en prisión" ("60 Days In"), de 12 episodios, tiene como escenario la cárcel del condado de Clark en Jeffersonville, Indiana. Fue el sheriff local, Jamey Noel, quien tuvo la idea.
¿Su objetivo? Utilizar a los siete inocentes, tres mujeres y cuatro hombres, como delatores para "limpiar" la prisión, cuyos habitantes purgan sentencias por distintos delitos, desde pequeñas infracciones hasta asesinato.
"La única forma de saber realmente lo que está pasando en la prisión era meter a los participantes inocentes en el sistema para obtener información de primera mano e imparcial", justificó el sheriff.
"Los valientes voluntarios nos han ayudado a identificar problemas graves dentro de nuestro sistema que policías infiltrados no habrían podido encontrar", asegura, porque los uniformados podrían tener recelo de denunciar a colegas corruptos.
Entre los voluntarios, se encuentra la mayor de los nueve hijos del boxeador Muhammad Alí, Maryum, una trabajadora social especializada en la prevención de pandillas que tuvo que cambiar su nombre para no ser reconocida por las internas de la sección femenina de la cárcel.
Cada participante tiene sus propias razones para arriesgarse a la aventura durante 60 días, lejos de su familia.
Algunos están convencidos de que la estancia en prisión es cómoda y que los detenidos tienen una vida color de rosa, como Robert, un profesor.
Los infiltrados han memorizado una historia falsa, que deberán contar a sus compañeros de celda en caso de que les hagan preguntas.
Los otros internos saben que se está preparando un programa, pero creen que el equipo de televisión está allí para seguir a los "nuevos" durante su primera experiencia en la cárcel.
Sólo algunos funcionarios están al tanto del verdadero concepto de la serie.
Uno de ellos, un hombre de estatura imponente, les advirtió poco antes de su ingreso: manténganse discretos, pero no demasiado; no digan nada del personal a los demás internos; eviten las drogas y la violencia; y, sobre todo, permanezcan fieles a su falsa identidad.
Robert, quizás demasiado confiado, rompe inmediatamente todas las reglas. Recién llegado, le pide a un hombre que ponga en la televisión común el canal especializo en fútbol americano. Se enreda cuando cuenta porqué llegó allí, mezcla los detalles y siembra la duda entre los internos.
Los presos sospechan rápidamente que se trata de un policía infiltrado, por su corte de pelo y sus ademanes, que se parecen a los de los agentes acostumbrados a llevar un arma en su cinto.
Las cámaras graban a los hombres discutiendo sobre la verdadera identidad de Robert. Se les oye cuchichear, planificar un contrabando de tabaco, incluso una violación.
Los críticos de televisión en general han elogiado el programa, con algunas excepciones.
"En el subgénero de la supervivencia, en la telerrealidad, el interior de una prisión representa una de las últimas fronteras, la versión claustrofóbica de la isla desierta o de las grandes extensiones de Alaska", escribió Brian Lowry, crítico de televisión de la revista Variety AFP