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martes, 12 de enero de 2016

Obama reclama sus éxitos con una visión optimista de Estados Unidos

Barack Obama intentará esta noche rebatir el pesimismo del Partido Republicano, la visión de unos Estados Unidos bajo todo tipo de amenazas existenciales. En su último discurso sobre el estado de la Unión antes de abandonar el cargo en enero de 2017, el presidente demócrata quiere reclamar los éxitos de sus dos mandatos en la Casa Blanca y presentar una visión optimista del futuro de Estados Unidos. El discurso, un ritual central en la política estadounidense, llega a tres semanas del inicio del ciclo de elecciones primarias que culminará en la nominación de los candidatos para sustituir a Obama.
Obama pronunciará el discurso sobre el estado de la Unión a las 21.00 hora local (02.00 GMT) ante ambas cámaras del Congreso. Estos discursos, con frecuencia largos y a veces tediosos, suelen servir para presentar el programa legislativo. Esta vez puede ser distinto. Sí, Obama hablará de los flecos que quedan en su último año de la presidencia, desde la reforma del sistema de justicia criminal a la ratificación del tratado comercial con los países de la región Asia-Pacífico. Pero el objetivo será otro: mirar más a allá de su presidencia, asomarse a los Estados Unidos que dejará a su sucesor.
“Desde que asumí el cargo hace siete años, nunca he sido tan optimista sobre el año próximo como ahora”, dijo Obama la semana pasada, en un breve mensaje en vídeo desde la Casa Blanca. Obama adelantó que en el discurso no se fijaría “sólo el progreso destacable [que su gobierno ha logrado], no sólo lo que nos queda hacer para el próximo año”. El objetivo es hablar de “lo que [Estados Unidos necesita hacer] en los próximos años, las grandes cosas, que garantizarán una América fuerte, mejor más próspera para nuestros hijos”.
El optimismo de Obama contrasta con el tono apocalíptico de muchos de los aspirantes del Partido Republicano a sucederle. El magnate Donald Trump y el senador por Texas Ted Cruz —los dos candidatos que encabezan la carrera para la nominación republicano— agitan en campaña todo tipo de miedos: a un atentado terrorista, a la invasión de refugiados e inmigrantes, a un cataclismo económico, al declive irreversible de la primera potencia mundial.
Obama, que llegó a la Casa Blanca con la economía al borde de una depresión, puede exhibir los datos de la recuperación económica —crecimiento sostenido, paro a niveles cercanos al pleno empleo, déficit controlado— y la discutida reforma sanitaria, que ha dado acceso a cobertura médica a millones de personas hasta ahora desprotegidas. Ha afrontado la lucha contra el cambio climático. También puede argumentar que ha retirado las tropas estadounidenses de Irak y dejado un pequeño contingente en Afganistán. En la política internacional, ha alcanzado un acuerdo para frenar el programa nuclear de Irán y ha restablecido relaciones diplomáticas con Cuba.
El presidente corre el riesgo de convertirse en un lame duck, un pato cojo. Es decir, un presidente sin capacidad de maniobra. El Congreso está en manos de los republicanos. Y la atención mediática y política se dirige más a la campaña electoral que a los discursos del presidente. El discurso sirve para defender su legado e influir en el debate sobre su sucesión: un presidente demócrata podrá desarrollar las políticas de Obama; un republicano podrían desmontar algunos de sus logros.El balance tiene claroscuros. La recuperación económica ha ido paralela a un encogimiento de las clases medias y un aumento de las desigualdades. El intento de poner fin a las guerras de la década pasada se ha frustrado: aunque con una presIdencia reducida, EE UU sigue en Afganistán y se ha visto forzado a intervenir de nuevo en Irak —y en Siria— para combatir al Estado Islámico. La reforma migratoria, una de las prioridades de Obama, ha quedado encallada en el Congreso y en los tribunales. La polarización política ha marcado los años de Obama.EL PAIS