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domingo, 30 de agosto de 2015

China, los peligros de un gigante en plena transición

El aleteo de una mariposa en Japón puede causar una tormenta en Nueva York, según la célebre premisa de la teoría del caos. Y las dudas sobre la marcha de la economía china pueden desatar un tsunami en las Bolsas mundiales. Esta semana se evaporaron más de tres billones de euros de la riqueza financiera global, y desde junio el mercado de Shanghái ha caído un 35%, más de dos billones. El hombre más rico de China, Wang Jianlin, perdió de un plumazo 3.100 millones de euros. Millones de pequeños inversores chinos vieron esfumarse sus beneficios, ya muy mermados tras las correcciones de junio y julio.
Wang Xiaomei, una administrativa de 35 años, había doblado su capital y ganado cerca de 200.000 yuanes en los meses previos a julio. Ahora solo tiene 130.000 y “cada día están cayendo más”, se lamenta. Xiaomei forma parte de los cerca de 90 millones de pequeños ahorradores que alimentan las Bolsas chinas. En muchas ocasiones han invertido sin saber lo que hacían, simplemente imitando al amigo o al pariente que ya había ganado un buen botín. Por ello sus vaivenes —sus gigantescas burbujas y sus drásticas correcciones— no guardan relación con la economía real china.
Aunque lo que disparó el pánico esta semana fueron, precisamente, las dudas sobre la situación verdadera de esa economía real, la segunda del mundo y uno de los grandes motores de crecimiento global, con una aportación del 15% al PIB del planeta. Porque, cuando los mercados ya estaban con la mosca detrás de la oreja tras una serie de indicadores a la baja —la venta de vehículos, la producción de electricidad, los precios mayoristas—, a mediados de agosto el Banco Popular de China devaluó en casi un 4% el yuan o renminbi, la divisa nacional. Es una medida que devuelve competitividad a las exportaciones, que en julio retrocedieron un 8,3%. Algunos analistas lo interpretaron como un intento desesperado de apuntalar una economía en peores condiciones de lo que se creía.
Sí y no. La devaluación “representa una liberalización hacia un tipo de cambio más flexible y determinado por el mercado, no la desesperación sobre el crecimiento”, sostienen en un informe presentado esta semana los analistas de Nomura, que se alinean así con los argumentos del Gobierno chino. “China aún tiene un amplio margen de maniobra mediante medidas fiscales y monetarias más convencionales, lo que significa que un aterrizaje forzoso no es algo tan claro o inmediato como los mercados temen ahora mismo”.
Pero también es cierto que la economía china se encuentra en plena transición hacia un cambio de modelo. El antiguo, basado en las exportaciones y en la inversión en infraestructuras, está agotado después de 30 años de rápido crecimiento. Aumentan los salarios y la política demográfica empieza a afectar a la disponibilidad de una mano de obra que parecía inagotable. El gasto fiscal y el derroche de liquidez han generado una burbuja inmobiliaria y un manifiesto exceso de capacidad.
Anteponer las ganancias a cualquier otra prioridad ha devastado el medioambiente. La desigualdad social se ha disparado. Y el crecimiento, finalmente, se ha ralentizado. El objetivo oficial para este año es de “aproximadamente” un 7%, medio punto porcentual menos que el de 2014, y hay serias dudas de que se llegue a cumplir.

“El gran desafío ahora mismo es alentar nuevas fuentes de crecimiento económico”, apunta el profesor de Economía y Finanzas Xu Bin, de la escuela de negocios CEIBS en Shanghái. “Haría falta que el Gobierno diera más poder al sector privado, lo que es un gran desafío, ya que afecta a los intereses fundamentales de las empresas estatales y de los funcionarios del Gobierno”.
Al menos en teoría, la idea es acometer una amplia serie de reformas que permitan reemplazar el modelo caduco por uno basado gradualmente en el consumo interno. Pero a un ritmo muy lento. Se han tomado medidas para alentar el consumo; entre las más sorprendentes, quizá, se encuentra la instrucción del Consejo de Estado para fomentar que los empleados públicos tomen libre el viernes por la tarde en verano y puedan hacer escapadas de fin de semana. Pero el consumo representa aún tan solo el 38% del PIB, muy por debajo del 60% o 70% de los países desarrollados. El PIB per capita es aún de solo 7.600 dólares anuales, menos que Gabón o Azerbaiyán. frena su caída tras bajar tipos
“El giro hacia el consumo como motor de la economía es aún imposible”, argumenta el profesor Hu Xingdou, del Instituto de Tecnología de Pekín. “No hay otro remedio de momento que continuar el viejo modelo de desarrollo, depender principalmente de la inversión del Estado”.
Miguel Otero-Iglesias, investigador principal de Economía Política Internacional del Real Instituto Elcano, coincide con esa idea. Las autoridades chinas “son muy keynesianas”, apunta, y “van a seguir aumentando la inversión” para ir poniendo al país en el camino de poder competir globalmente, despacio pero seguro. China “ha aprendido la lección de Japón: no liberalizar demasiado pronto, solo cuando cuente con un mercado financiero sólido”.
En el proceso de transición, esa inversión aún conserva trazas de los viejos moldes. El exceso de capacidad necesita un destino mientras se le encuentran alternativas. Ahí encajan proyectos como la Nueva Ruta de la Seda, la red de transportes e infraestructuras con la que Pekín quiere abrir caminos por tierra y mar hacia el Oeste y que, según el Ministerio de Comercio, ha supuesto en lo que va de año 43.813 millones de euros en jugosos contratos para las empresas chinas. En el interior del país aún hay espacio para grandes proyectos de desarrollo.
Pero en este nuevo modelo la inversión también se encamina a destinos nuevos, como el sector servicios, la tecnología y la innovación. El primer ministro, Li Keqiang, ha dado su apoyo público a las startups chinas. El plan Made in China 2025 pasa por la reconversión industrial para potenciar los productos de alto valor añadido en sectores como la biomedicina o la robótica. En el área del comercio electrónico, China ya es un país líder. En cualquier caso, “la dificultad de gestionar la transición de las viejas pautas basadas en la inversión a un sistema en el que la innovación sea el motor es mucho mayor de lo que se había pensado. Llevará tiempo, y son inevitables algunos traspiés”, considera el profesor Xu.

Una deuda que crece

La enorme deuda acumulada —McKinsey la calcula en unos 26 billones de dólares, o más del 280% del PIB en 2014— es uno de los factores potenciales de riesgo. Mucha procede de los gobiernos locales o de las empresas estatales, que aprovecharon las facilidades de crédito que ofrecían los bancos públicos, alentados por Pekín después de la crisis financiera global de 2008. Muchas de las inversiones así financiadas ofrecieron un escaso rendimiento. A juicio de Otero-Iglesias, “no van a tener más remedio que reestructurar cierta deuda”, aunque apunta que “la ventaja que tiene el Partido Comunista es que es más fácil reestructurar la deuda en China que en otros sitios”.
Otro gran interrogante —el gran interrogante— es hasta qué punto los actuales dirigentes están dispuestos a poner en marcha las reformas necesarias. Al fin y al cabo, el Partido Comunista de China no es un bloque monolítico. Un comentado artículo en la página web de CCTV el 19 de agosto, y firmado con el seudónimo “Guoping” —empleado por un grupo de comentaristas vinculados al Gobierno— denunciaba que a la hora de poner en marcha los cambios “la escala de las dificultades, la amplitud de la oposición, la testarudez, ferocidad, complejidad e incluso rareza de los que no se han adaptado a las reformas o se oponen a ellas va mucho más allá de lo que mucha gente se imagina”.
El mensaje del Gobierno chino sigue siendo de tranquilidad. Esta semana Li Keqiang —el principal adalid de las reformas— reconocía que “las condiciones económicas globales siguen siendo complicadas y confusas, con unas fluctuaciones sustanciales en el mercado, lo que ha afectado la economía china”. Aun así, puntualizaba, la segunda economía mundial se mantiene “en un nivel razonable”.EL PAIS