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martes, 12 de noviembre de 2013

Howard, el templo del saber afroamericano de Estados Unidos

A simple vista la Universidad de Howard, al norte del centro de Washington, es muy parecida a los otros campus universitarios, con grandes explanadas y edificios históricos de estilo victoriano, que hay en la capital de Estados Unidos. Sin embargo, que prácticamente la totalidad de personas que caminan por sus instalaciones sean de raza negra llama rápidamente la atención y delata porqué no se trata de una universidad cualquiera.
 El motivo es que la historia de Howard es el fiel reflejo de la dramática travesía en la lucha por los derechos de la población negra de Estados Unidos en los últimos 150 años. Casi desde su fundación en 1867, Howard ha sido considerada la universidad negra por excelencia del país, lo que la ha erigido en un símbolo, pero, a su vez, en un testigo directo de cómo la vergonzosa segregación racial seguía siendo legal hasta hace menos de 50 años.
El nacimiento de la universidad tiene su origen en el fenómeno de la llegada masiva a Washington en el siglo XIX de ciudadanos negros que huían de los estados del sur, dónde la esclavitud estaba mucho más extendida. En 1800 la población de color ya suponía el 25% del total de la ciudad, alcanzando un peso relevante que propició que la capital federal fuese precursora en concederle más derechos: en 1830 la gran mayoría de esclavos habían sido liberados y en abril de 1862 la esclavitud quedó prohibida por ley, nueve meses antes de que lo decretara en todo el país el presidente Abraham Lincoln. Fruto de esta inmigración se fue generando una creciente demanda de jóvenes negros que querían estudiar en la ciudad. Sin embargo, tenían pocas opciones de hacerlo, pues la segregación y el racismo eran “endémicos”, según cuenta la investigadora Marya Annette McQuirter en su análisis de la historia afroamericana de Washington.
Así, en 1866, tras acabar la Guerra Civil, una congregación religiosa impulsada por el general blanco Oliver Howard pensó en fundar un seminario teológico que educara a sacerdotes negros. Al poco tiempo la idea se extendió y con el apoyo financiero del Congreso de EE UU -que tenía una dotación especial de ayuda para los antiguos esclavos- la congregación decidió crear una universidad de “artes liberales y ciencias” que en teoría estaba abierta a cualquiera pero que en la práctica tenía como principal objetivo educar a “negros y jóvenes”, lo que inicialmente les complicó conseguir comprar un terreno. Howard se inauguró en mayo de 1867 y paradójicamente los primeros estudiantes fueron cuatro chicas blancas, que eran hijas de los administradores. Por entonces, la totalidad de la junta directiva y la inmensa mayoría de profesores también eran blancos.
No obstante, el caso de las cuatro alumnas fue una grandiosa excepción. A los tres meses, “prácticamente todos los estudiantes eran de color”, según detalla el historiador Rayford Whittingham Logan en un completo libro sobre los primeros cien años de la universidad. Desde entonces, la proporción apenas ha variado. El curso pasado, el 92,6% de los estudiantes de grados iniciales eran de raza negra, mientras que en los superiores suponían el 74,9%. El porcentaje de alumnos blancos fue del 1,1% y del 6,2%, respectivamente. “Siempre hemos estado abiertos a ampliar la diversidad”, explica a EL PAÍS el presidente interino del centro, Wayne Frederick, que pone de relieve que actualmente hay estudiantes de 66 países.
Howard no fue la primera universidad de EE UU enfocada hacia la población negra pero rápidamente, según los historiadores, adquirió el aura de ser la “piedra angular” de la educación de los colectivos afroamericanos por la calidad de su enseñanza y su rol social. A los 12 años de su apertura, el Congreso aprobó una dotación especial para Howard, que aún mantiene. Ronda los 200 millones de dólares anuales -equivalente a un cuarto del presupuesto del campus-, lo que la convierte en la universidad histórica negra -hay un centenar con este distintivo oficial, sobretodo en el sur- que recibe más ayudas públicas.
El clima reivindicativo se empezó a cultivar en Howard a finales del siglo XIX pero no fue hasta los años 20 cuando empezó a florecer con intensidad, como consecuencia natural del contexto del momento: en 1900 Washington ya era la ciudad de EE UU con más población negra y, por ende, Howard fue convirtiéndose en uno de los epicentros de ese universo creciente y de sus demandas. El acicate llegó en el verano de 1919 cuando se produjeron choques violentos entre blancos y negros a raíz de la decisión del presidente Woodrow Wilson de instaurar la segregación en todos los edificios federales. Hasta el momento, la segregación en la capital se limitaba principalmente a la educación.
A partir de entonces las protestas fueron ganando terreno y Howard fue un catalizador de todo ello con algunos protagonistas clave. Como el responsable del departamento de filosofía, Alain Locke, que recopiló en 1925 artículos de intelectuales de color en el libro The New Negro, que se convirtió en un apelativo reivindicativo en pleno apogeo del Harlem Renaissance, el movimiento cultural surgido en Nueva York. O el premio Nobel de la Paz Ralph Bunche, que dirigió el departamento de ciencias políticas desde 1928 hasta 1950, y que destacó por su profundo activismo contra la discriminación racial sin que ello le ahorrase críticas a las principales organizaciones civiles negras.
Para muchos el punto de inflexión en el papel de la universidad a favor de los derechos de la población negra llegó en 1926 cuando Howard tuvo, 59 largos años después de su fundación, a su primer presidente de color. Durante los 34 años de mandato de Mordecai Wyatt Johnson, la universidad duplicó sus instalaciones, triplicó el número de alumnos y se afianzó como referencia intelectual y educativa en el imaginario colectivo afroamericano. Entre los licenciados de ese período despuntan, por ejemplo, el exmiembro del Tribunal Supremo Thurgood Marshall (que fue rechazado en la Universidad de Maryland por ser negro), o la premio Nobel de Literatura Toni Morrison, junto a una larga lista de altos cargos políticos.
“No había oportunidades para negros en la mayoría de universidades. Howard ocupó ese vacío y asumió una posición de liderazgo”, subraya Harry Robinson, decano emérito de la facultad de arquitectura, que añade con orgullo que en una época no muy remota el 70% de todos los licenciados negros de arquitectura, derecho, medicina o química de EE UU salían de Howard y que muchos de ellos han conseguido “hitos globales”. Pero más allá de los diplomas, Robinson enfatiza cómo la educación ayudó al desarrollo intelectual de los estudiantes y propició que muchos de ellos fueran algunas de las grandes “personalidades” detrás del movimiento de los derechos civiles que afloró en los años 50 y que tuvo un “profundo impacto” en el campus.
Antes, en la década de los 30 ya habían surgido campañas de boicot a comercios que no contrataban a personal negro en el barrio dónde se ubica Howard, en el que la población de color era y sigue siendo mayoritaria. Y en 1942 un estudiante de derecho fue pionero en la técnica de protesta de los sit-in, que luego se popularizó en los años 60 en el estado de Alabama. Junto a otros alumnos negros decidieron entrar a un café cercano a la universidad al que solo podían acceder blancos y quedarse sentados en las sillas hasta que los echaran. Desde entonces las protestas se fueron repitiendo y se extendieron también a tiendas de cigarrillos.
Y a partir de los años 50 todo se aceleró. La primera gran victoria para los activistas negros llegó en 1953 cuando el Tribunal Supremo decretó la inconstitucionalidad de la segregación racial en Washington basándose en una ley de 1872. Al año siguiente también quedó prohibida la separación en los centros educativos de la capital federal, lo que supuso un ligero incremento del número de estudiantes blancos en Howard. En el conjunto de EE UU, el fin oficial de la segregación no llegó hasta 1964. Según el historiador Logan, en el éxito de estos dos fallos judiciales fue clave el rol de James Nabrit, que fue profesor de derecho en Howard entre 1936 y 1960, y presidente de la universidad de 1960 a 1969. Durante ese período documentó más de 2.000 casos relacionados con los derechos civiles, que ahora se estudian en muchas facultades de derecho.
Como es sabido, el estallido definitivo del movimiento de derechos civiles llegó en 1955 cuando Rosa Parks decidió no sentarse en la zona para negros en el autobús que tomó en Montgomery, Alabama. En Howard el activismo no fue homogéneo, sino que iba “de la derecha hasta la lejana izquierda”, según escribe Logan en su libro. “Sus actividades copan todos los aspectos del movimiento de derechos civiles: social, educativo, económico, político y legal”. Algo en lo que coincide el decano Robinson, que asegura que se “alentaban diferentes ideas” y que, por tanto, había quiénes apoyaban la doctrina más integradora de Martin Luther King y quiénes abrazaban las tesis más combativas de Malcom X. Ambos activistas pronunciaron discursos en la universidad, igual que el presidente John F. Kennedy.
El clima convulso de los 60 también se adentró en la cúpula de Howard, que acentuó su postura. En enero de 1963, la junta directiva manifestaba la igualdad de oportunidades entre razas pero reafirmaba su “responsabilidad especial” por “historia y tradición” de promover la educación de los jóvenes negros “desaventajados por el sistema de segregación y discriminación racial”, y añadía que “lo seguiría haciendo mientras los negros sufran dichas desventajas”.
Siete meses después, en agosto, llegaría otro hito histórico con la masiva marcha a Washington por “trabajos y libertad” y el aclamado discurso de Luther King a los pies del monumento a Lincoln. Al éxito de la movilización, según la investigadora McQuirter, contribuyeron notablemente las organizaciones negras de la capital. A partir de entonces, el activismo se consolidó aún más en Washington -que desde 1957 era la urbe con más población de color al superar la barrera del 50%- y derivó en una efervescencia identitaria. “El arte negro, el Black Power [el concepto lo acuño un estudiante de Howard] y los movimientos femeninos florecieron aquí”, apunta McQuirter.
La tensión volvió a dispararse en abril de 1968 tras el asesinato de Luther King, que derivó en enfrentamientos y quema de edificios en la ciudad. Y desde entonces, Washington -que tuvo a su primer alcalde de color en 1974- ha ido tratando de acoplar su desarrollo a la protección de los derechos de su mayoritaria población negra, que en 1975 superó el 70% mientras que en 2010 rondó el 50%.
Lo mismo ha sucedido en Howard, cuyo activismo sigue bien vigente en su actual campus de 12 facultades y más de 10.000 alumnos. “El legado de que es la meca de las universidades negras se mantiene y pesa cuando entras”, explica a las puertas de su facultad Jane, una joven negra de 21 años procedente de Nueva Jersey que estudia sociología. En su caso, dice que no escogió Howard por tratarse de una universidad mayoritariamente negra pero admite que muchos de sus compañeros sí tuvieron en cuenta el factor racial en el momento de elegir dónde estudiar.
Para Frederick, el actual rector interino de Howard, la universidad sigue generando una “contribución” palpable en la sociedad y en Washington. Su larga lista de visitantes ilustres lo atestigua, como los expresidentes Jimmy Carter y Bill Clinton o el arzobispo sudafricano Tutu. Y como es de esperar Barack Obama también ha acudido a las instalaciones de Howard. En 2007 pronunció un intenso discurso cuando ya era un senador con aspiraciones a la Casa Blanca, pero desde que es presidente solo ha vuelto en una ocasión para presenciar un partido de baloncesto.
En las últimas semanas Howard ha vuelto a ser noticia pero no precisamente por ser el buque insignia de las universidades negras. En septiembre, cayó 22 puestos hasta el 142 en el ranking de mejores universidades de EE UU -en 2010 ocupaba la posición 96- y la agencia de rating Moody’s le rebajó su calificación financiera, lo que desencadenó en que a principios de octubre el presidente de Howard presentara su dimisión. No son buenos tiempos para la universidad. Pese a ello, permanece intacta su contribución histórica a reducir la disparidad educativa entre negros y blancos, y acabar con la discriminación racial.
EL PAIS