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viernes, 15 de agosto de 2014

La ecologista Silva se perfila como la principal rival de Rousseff en Brasil

Los curiosos se amontonaban este jueves alrededor del panteón de la familia de Eduardo Campos, en el cementerio de Recife, la capital de Pernambuco, para ver dónde será enterrado su ilustre hijo. “Quería saber dónde enterrarán al mejor gobernador de Pernambuco después de Miguel Arraes”, decía un recifense. Arraes, abuelo de Campos, fue tres veces gobernador de ese Estado y Campos, dos. La ciudad costera, donde viven la viuda, Renata, y los cinco hijos del que fuera candidato a la presidencia por Partido Socialista Brasileño (PSB), amaneció con un solo tema de conversación: el futuro de las elecciones estatales y 
presidenciales de octubre.
El cuerpo de Campos continúa en el Instituto Médico Legal de São Paulo, donde fue conducido después de que la avioneta en la que viajaba junto a otras seis personas se estrellase el miércoles en Santos, en el litoral paulista. Al parecer, no será exhumado hasta el fin de semana. Mientras los vecinos de Recife esperan para despedirse, la atención política se centra en Marina Silva, candidata a ser la vicepresidenta del fallecido tras la alianza que formó con el PSB.
Con unas profundas ojeras, Silva dejaba clara su tristeza al hablar de la muerte de su compañero de campaña y su incomodidad ante un debate que deberá abordar más temprano que tarde. “Fueron 10 meses de intensa convivencia, comenzamos a hilar juntos la esperanza de un mundo mejor y más justo. Eduardo estuvo empeñado en esas ideas hasta su último segundo de vida”, dijo en un breve discurso junto al secretario general del PSB, Carlos Siqueira.
Desde este jueves, tiene además un aliado de peso. El abogado Antonio Campos, hermano del candidato fallecido, dijo al diario O Estado de S. Paulo, que la ecologista —fundadora del movimiento Rede Sustentabilidade— debía asumir la candidatura. “Si mi hermano llamó a Marina para ser su vicepresidenta, demostró así su voluntad”, dijo. Así, no habría mucho margen de maniobra para buscar otro nombre.Silva perdió a su compañero de candidatura, pero el PSB perdió más que eso. Eduardo Campos era una voz fresca y la gran esperanza para la proyección nacional de una formación que ha ido ganando en cada elección, más diputados, gobernadores y alcaldes. El partido tiene 10 días para definir quién será su sustituto. Y hasta ahora todo lo que se sabe es que hay dos elementos fundamentales para esa decisión: la conmoción por la muerte del socialista y la fuerza política de Silva. Considerada como la heredera natural del cargo, no hay que olvidar que con más de 20 millones de votos en 2010 y aupada por una astuta campaña en las redes sociales, obligó para sorpresa de muchos a la hoy presidenta Dilma Rousseff a disputar la segunda vuelta.
Con una gran personalidad y un enorme peso político, superiores a los del propio Campos, Silva tiene posibilidades de ser la próxima presidenta de Brasil o al menos de repetir lo ocurrido hace cuatro años. En abril, el instituto Datafolha publicó una encuesta sobre intención de voto con Silva como aspirante a la presidencia, antes de conocerse los candidatos: obtuvo el voto del 27% de los encuestados, frente al 16% de Aécio Neves, del Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB), y sólo por detrás de Dilma Rousseff, con el 39%.
Analfabeta hasta los 16 años, Marina Silva, que nació en Breu Velho, en el Estado de Acre, en el norte del país, superó la pobreza y se construyó una carrera política que la erigió como alternativa al bipartidismo del Partido de los Trabajadores (PT) de Roussef y el PSDB.
La posibilidad de que Silva llegase al palacio presidencial de Planalto, inquieta a buena parte de los brasileños. Silva es evangélica, una religión que está creciendo en Brasil, como en otros países, con posiciones muy conservadoras en cuestiones como el matrimonio homosexual o el aborto, aunque, según los expertos, estas características no marcarían su gestión. “Es evangélica, pero no necesariamente una política religiosa”, explica Claudio Couto, de la Fundación Getúlio Vargas.
A pocos días de la campaña electoral oficial, la política brasileña entra en un compás de espera, de luto y de conmoción, mientras los partidos se preparan para hacer frente a lo imprevisible.EL PAIS