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viernes, 7 de noviembre de 2014

El dolor que no tiene nombre

Dice “desesperado” y habla del “Gobierno”. Dice “con esperanza” y habla del “Gobierno”. Dice “angustia” y habla del “Gobierno”. Nardo Flores, padre de Bernardo, uno de los 43 estudiantes de Ayotzinapa, explica cómo se siente y reitera que todo depende del 
Gobierno.
Él y las demás familias de las víctimas del caso Iguala están sufriendo la experiencia de la desaparición forzada, en este caso con implicación de fuerzas públicas: no saben si sus hijos está vivos o muertos, no saben con certeza quién ni por qué se los llevó, pero saben que participaron miembros del Estado, policías locales. Y que dependen del Estado para saber la verdad.Nardo Flores habla por teléfono desde la Escuela Normal de Ayotzinapa, donde estudiaban Magisterio los desaparecidos y donde esperan por ellos sus familias. Dice que desde que empezó la situación, el 26 de septiembre, su estado ha pasado del impacto personal a la fijación por obtener respuestas: “El dolor se está convirtiendo cada vez más en rabia en contra del Gobierno. Las lágrimas están cesando. Ahora queda una actitud más agresiva”.El psicólogo español Carlos Beristain lleva 25 años trabajando en estos casos por América Latina. Esta semana describía por correo desde Colombia la naturaleza de la cuestión: “La desaparición forzada es probablemente la más siniestra forma de violencia. Supone una forma de tortura psicológica para los familiares. Por una parte quieren que aparezca aunque sea muerto y por otra conservan la esperanza de que no aparezca porque tal vez esté vivo y reivindican su vida frente a las autoridades. Es una situación psicológica de doble vínculo en la que cualquier pretendida salida supone un nuevo impacto, y el paso de los días o semanas no hace más que aumentarlo”.
Las familias del caso Iguala no han aceptado la asistencia psicológica ofrecida por el Gobierno. Una organización civil que los ayuda esFundar. La psicóloga Ximena Antillón está con frecuencia con ellos en la escuela. Cuenta que están “lidiando con la incertidumbre” y afectados por los rumores. “Están muy vulnerables a eso. Por ejemplo, un día circuló por Internet una foto de Peña Nieto con unas personas detenidas, pero era un montaje, estaba inventada, y aun así causó mucha inquietud en los padres”.
En México hay alrededor de 30.000 desaparecidos, según cifras oficiales. Muchos casos no reciben atención mediática. Los más crudos y que salen a la luz, sí la reciben.
Fue el caso de los 13 jóvenes secuestrados en México DF en mayo de 2013 y hallados tres meses después mutilados en una fosa. Julieta González, madre de una de las víctimas, Jénifer Robles, dice que lo peor llegó después de que se confirmase su muerte: “Antes de que la identificasen tenía esperanza. Me imaginaba que iban a llegar todos mugrosos, con piojos, con harapos, bien flacos, pero no, ve cómo me entregaron a mi hija. Ahora ya me da lo mismo si amanece que si anochece. Todo me molesta. Ando trabajando en la calle y me molesta el ruido de los camiones. La tele me molesta. A mí ya me marcaron el corazón y ahorita no estoy más que sobreviviendo. Me lo rompieron todo. Yo sé lo que están viviendo los de Ayotzinapa. Pero no sé cómo es la palabra para decirlo”. González tiene 52 años. Vive en México DF, tiene seis nietos a su cargo y se dedica al comercio ambulante vendiendo muñecos de peluche.
Alejandra González, consultora independiente en acompañamiento a víctimas, tiene experiencia en diversos casos. Detalla así cómo funciona la mente de los familiares mientras la incerteza no se resuelve: “Hay un pensamiento reiterativo de saber si están con vida, si están pasando frío, si están pasando hambre, si los están lastimando, si los tendrán en trabajos forzados, si los tienen como rehenes o si querrán algo por ellos. Es una cadena de temores que genera angustia, porque la imaginación se echa a andar. Lo que se debe hacer es generar espacios de escucha, no tanto terapias individuales. Que haya espacios de intercambio, que las mamás y los papás vean en los otros su misma situación, a manera de espejo. Y no intentar cerrar el proceso. Es mejor dejar que fluya, trabajar con las fantasías. Es importante hablar de todas las posibilidades, hasta de las más crueles”.Beristain expresa el efecto de la desaparición como “una especie de limbo del que ni siquiera se puede hablar. Ni siquiera hay un estatus para ese dolor”. La forma de “sanación”, dice, es la ayuda mutua entre afectados, acompañada por profesionales, e integrada en la búsqueda de justicia. “Lo que necesitan los familiares es la verdad”.
En Ayotzinapa, Nardo Flores dice que a duerme “a ratos” y que no le han vuelto las ganas de comer. También dice que, pese a que se siente en el “infierno”, seguirá en ese infierno “todo el tiempo que sea necesario” hasta recuperar a su hijo –vivo o muerto– y saber lo que pasó.
–¿En estos 40 días ha sentido algún momento de calma?
–La verdad, no.
EL PAIS