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miércoles, 22 de junio de 2011

España salda su deuda olímpica

EL PAIS-Decía Mata que, cuando juegas bien, disfrutas más. El placer de jugar bien solo es seguramente igualado por la superación del sufrimiento. Lo que duele fortalece porque, cuando se cura, es una bendición. Y España consiguió saldar la deuda olímpica de ocho años en un ejercicio de sufrimiento anímico y físico, casi agónico, ante una Bielorrusia tan honrada en su actitud como miserable en su propuesta.

España estuvo en la lista de espera para Londres 2012 y solo pudo sacar su billete en el último minuto, con los altavoces del aeropuerto llamándole urgentemente, cuando apareció Adrián, desafortunadísimo hasta entonces, y enseñó el pasaporte de los Juegos Olímpicos, cita a la que el equipo nacional no acudía desde su plata en los de Sidney 2000. Su puntera, a centro de Jeffren, era realmente solo un empate en el marcador, pero en ese momento España entendió que el asiento del avión ya era suyo y Bielorrusia asimiló que nadie le había invitado a semejante fiesta.

El gol de la firma olímpica le correspondió también a Adrián, ya en la prórroga, y el de la rúbrica, el tercero, a Jeffren, para el viaje en primera clase.

Cosas del fútbol. España partía desde el minuto 38 sin reserva olímpica y acabó en el 120 con todo lujo de detalles.

Apenas faltan nueve años para que se cumpla un siglo de la gesta de Amberes 1920, cuando España creó su selección y obtuvo la plata al ganar (3-1) a Holanda tras retirarse Checoslovaquia (descalificada) en la final ante Bégica (campeona). Fue su primera participación en unos Juegos Olímpicos, que le han dejado desde entonces un oro (Barcelona 1992) y dos platas (Amberes 1920 y Sidney 2000).

En el histórico torneo belga se produjo la célebre frase de Belauste: "A mí, Sabino, el pelotón, que los arrollo". Noventa y dos años después, España arrolla de otra manera. Pero de la frase sigue valiendo la figura del balón porque todos lo quieren, como Belauste, pero ahora lo miman y eluden a los contrarios más que los desvanecen con el pecho.

Seguramente el sábado, en Aarhus, cuando juegue la final, la explosión de júbilo del banquillo no será equiparable a la de ayer en Viborg festejando la clasificación para Londres. Fue la celebración del éxito. Aunque se tratara tan solo de una semifinal, era el objetivo. Y España lo alcanzó sufriendo tras el extraño gol de Voronkov. Lo había dicho Milla: "Si fallas, Bielorrusia te caza". Y cazó cuando Domínguez concedió un absurdo fuera de banda, en principio una jugada sin peligro. Pero ya Benito Floro dio una conferencia en no sé qué universidad sobre la importancia del fuera de banda en el fútbol. Debió de asistir mucho público bielorruso porque ahí cazaron su gol y coinvirtieron su área en una cárcel amurallada. Aquel error exigió de España ya no solo talento, sino fe, esperanza y autoestima. Para enfrentarse a una situación insólita que podía dejarle en la estacada olímpica.

No es fácil jugar cuando tienes el balón el 70% del tiempo, cuando encierras al adversario, cuando creas un sinfín de oportunidades erradas en el último pase y vas perdiendo ante una tropa que lo mismo podría jugar al fútbol que al balonmano por su apariencia física, su única apariencia.

La figura de Javi Martínez fue providencial. Tuvo pausa cuando había que tenerla, tuvo profundidad cuando la urgencia ahogaba, jugó de delantero centro cuando se trataba de matar o morir y acabó de central para cubrir las ausencias en la defensa en la prórroga tras los cambios de Milla. Fue el fiel de la balanza en la que se apoyó un equipo que siempre creyó en la posibilidad de ganar de una manera u otra.

La obsesión olímpica (la otra oportunidad estaba en el duelo por el tercer puesto) le dio más fe que miedo y cada gol venía a saldar las ausencias de ocho años (Atenas 2004 y Pekín 2008). Doce años eran muchos años sin fútbol en los Juegos. Más aún, cuando se celebran en el país donde nació el fútbol. Una cita a la que el español llegará como campeón mundial absoluto y quién sabe si como campeón europeo sub 21.