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domingo, 13 de noviembre de 2011

ENTRETENIMIENTO

El baile de una diosa

Tamara Rojo, la diosa del ballet, la chica que vació el cuerpo para bailar el alma, el cisne de las piruetas y la acróbata poética de la tenaz entrega, siempre, incluso a mitad de su vuelo más imposible, tuvo los pies en el suelo. En todo este tiempo acompañó su legendaria capacidad para clavar su figura menuda, esculpida en duro linóleo, y encadenar 10, 20, 30, decenas y decenas de giros sobre sí misma, con la fama de niña prematuramente cabal. Por eso, desde la altura de sus 37 años, edad en la que para muchas de sus compañeras de profesión todo empieza a saber a la angustia por el futuro incierto, Rojo se siente "en el mejor momento" de su carrera. Lista para la madurez. "Más sabia físicamente, y en la cúspide de una cima artística".

No significa eso que la madrileña, nacida por accidente en Montreal como la hija de un ingeniero y una contable, piense disfrutar de "los seis años de baile" que, calcula ella, le quedan dormida en sus laureles de primera bailarina del Royal Ballet de Londres. Conformarse nunca fue su estilo.

Rojo, que ha cumplido este año una década en uno de los puestos más codiciados de una profesión ambiciosa, se prepara para una nueva vida como gestora artística, quién sabe si al frente de la compañía que tantos triunfos suyos ha contemplado. Colabora con el Consejo de las Artes británico ("tras media vida en este país, ya casi me siento de aquí") y se esfuerza, como en la canción de Dionne Warwick, en "saber cuándo marcharse". "Me aterra hacer el ridículo. A este nivel es muy difícil que la gente te diga toda la verdad. Tienden a adularte, pero yo tengo que permanecer alerta".

Pero las elucubraciones sobre su futuro llegarán después. Rojo había aparecido entre la lluvia, sepultada por el incógnito de un abrigo y un sombrero de lana, a su cita en la Royal Opera House, donde la música de Chaikovski había sido sustituida en esta tarde desapacible por el ritmo percutor y escasamente musical de un taladro que se afanaba en el embellecimiento de la platea. Al otro lado, en la bulliciosa plaza, los carteles anunciaban sus futuros éxitos, mientras que en la tienda, los pasados destacaban entre los DVD consagrados a Margot Fonteyn y otras viejas reinas del Covent Garden. Saludó al guarda, que pareció reconocerla a duras penas, y guió sus pasos, anchos y ágiles, a través de las calles hacia un club privado, donde los bailarines de la compañía acuden a relajarse por las noches después de la función: con su aire clandestino parece un buen lugar para hacer el camino de vuelta desde la divinidad de la danza al mundo de los mortales.

Llegaba de posar para el fotógrafo durante horas con complicados trajes de alta costura en un estudio del norte de Londres. Un juego de niños para una mujer acostumbrada al trabajo duro (¡ocho horas diarias de clases y ensayos!) desde que empezó en el ballet a los seis años. "Creo que en general cada vez tenemos menos capacidad de sacrificio", explicará como para disculparse sentada en el borde de un sofá de terciopelo, en posición bien erguida. "Creemos que nos lo merecemos todo. Y creemos que nos lo merecemos a cambio de nada. Hay un concepto muy contemporáneo que dice que el trabajo es el trabajo y que no debe invadir tu vida personal. Que si logras eso, serás un ser humano equilibrado. No estoy totalmente de acuerdo. Una vocación es algo que te llena. Afecta a todo lo que haces".

Ciertamente, ella nunca escatimó esfuerzos para labrarse las conquistas. "Su virtud más destacable es la enorme capacidad de trabajo", explica Ricardo Cué. Hombre de enciclopédico conocimiento coreográfico y uno de los primeros valedores de Tamara Rojo en el mundo del ballet, la conoció "en París cuando ella tenía 18 años". "Y enseguida supe que era una chica especial, de las que no necesitan pasar por el cuerpo de baile para ser primeras bailarinas".

Entonces, Rojo brillaba a las órdenes de Víctor Ullate, el maestro en sus inicios, a cuya compañía llegó por cabezonería catódica. "Estaba viendo un programa en televisión que se llamaba El kiosco", recuerda ella. "Y salían unas niñas bailando. Le dije a mi madre: 'Quiero que me apuntes donde esas niñas estudien'. Ella averiguó que eran de Ullate. Al ingresar en la compañía, me di cuenta de que el ballet era otra cosa que practicar después del cole dos veces por semana, que era algo a lo que se podía uno dedicar con todas sus fuerzas. Luego decidí, como a los 11 o 12 años, que yo estaba llamada para eso".

El resto es historia de la danza europea. La chica ganó un concurso importante en París, justo en la época en la que conoció a Cué. Fue fichada por el Scottish Ballet cuando aún era una jovencita sin conocimientos de inglés ("poco importaba, en Escocia tampoco lo hablan", suele decir en broma). Cuatro años en la compañía fueron suficientes para llamar la atención del English National Ballet. Y cuando se sintió lista para el gran reto del Royal Ballet, la suerte vino a aliarse con ella. "En la compañía en la que yo estaba, el repertorio era muy limitado", recuerda. "Y yo quería algo más... dramático. Contacté con el director [sir Anthony Dowell]. Pedí ingresar un mes de septiembre en el Royal Ballet, pero no tenían contratos para mí en ese momento. Luego me llamaron en enero. Una de sus primeras bailarinas se había ido del ballet bruscamente y se montó un gran escándalo. Y en ese momento, para parar la mala prensa por la súbita partida, me contrataron a mí".

La polémica por su acelerada salida de la antigua compañía (nada grave; con el tiempo, ha acabado bailando regularmente al frente del English National Ballet) atrajo sobre ella la atención de la prensa británica. Londres es una ciudad donde el ballet es cosa seria y en la que sus siete diarios más importantes dedican un espacio preponderante al exigente comentario coreográfico. Pero por eso no cabe preocuparse. Rojo siempre fue una favorita de la prensa ya desde sus inicios, como recuerda Judith Mackrell, crítica de danza del diario The Guardian. "La primera vez que la vi bailar fue con Romeo y Julieta, en el Royal Albert Hall. Me sorprendió enormemente que una chica tan joven y menuda fuese capaz de llenar el espacio tan poderosamente. Desde entonces, su intensidad lírica y su capacidad dramática no han dejado de crecer, así como el hecho de que sigue poseyendo una técnica de acero".

Cué, que promovió su candidatura al Premio Príncipe de Asturias de las Artes (lo recogió en 2005 junto a la veterana Maya Plisétskaya), recuerda emocionado las unánimemente elogiosas críticas recibidas por Rojo el mes pasado gracias a una interpretación de Margarita y Armando, un "antes y un después" en su trayectoria. Solo habían bailado esa pieza antes Margot Fonteyn y Sylvie Guillem (junto a Ana Laguna, la única bailarina a la que la pequeña Tamara pidió en cierta ocasión un autógrafo). Enfrentarse a ella era un reto arriesgado del que, según la crítica, Rojo ha salido "consagrada". "Está viviendo ese momento en que se puede relajar gracias a que ha dominado la técnica y así entregarse al gran arte", opina Cué.

Sus aéreas piruetas no han sido las únicas razones que han hecho a Rojo una habitual de los diarios este año. A la prensa, que disfruta comparándola con Elizabeth Taylor por sus enormes y expresivos ojos, le interesa enormemente tanto su supuesta pugna con la bailarina del Royal Ballet Alina Cojocaru ("nosotras nos llevamos bien; los que no se pueden ni ver son nuestros fans", admite entre risas) como su inesperado interés por colocarse al frente de la compañía como directora, un puesto que al final fue adjudicado a Kevin O'Hare, hombre de perfil burocrático que viene de gestionar los aspectos administrativos. "Yo misma sentí cierta sorpresa al ver que me presentaba", recuerda Rojo. "Pero en realidad fueron los propios seleccionadores los que me empujaron. Y quedé contenta con mi presentación".

Pese a que todos coinciden en que habría sido una pena ver truncada su carrera cuando aún le queda tanto por dar ("Creo que intelectualmente estaba preparada, pero habría resultado una lástima que dejara de bailar", opina la crítica Judith Mackrell), lo cierto es que Rojo lleva años trabajando en ello: "Leyendo tochos de ensayo en los tiempos muertos de los aviones", acudiendo a exposiciones de arte e "intentando aprender los misterios de la gestión" observando trabajar a otros. "El comité valoró mucho mis conocimientos de danza internacional y mis contactos. También apreciaron mi interés por el resto de las artes. Lo hice sobre todo para aprender. Y sí, a lo mejor hubiese sido demasiado pronto. Aunque hay cosas por las que merece sacrificar otras".

Este relato vendría a desmentir las elucubraciones que la situaron más o menos en la misma época en la carrera por la sucesión de Nacho Duato al frente de la Compañía Nacional de Danza (CND), donde le sustituyó, tras dos décadas, José Carlos Martínez, que se halla en los últimos compases de su carrera como bailarín estrella de la Ópera de París. "Yo no pinto nada dirigiendo ese cuerpo", se excusa ella. "Y lo digo sin desmerecer a nadie, porque José Carlos es muy inteligente, tiene mucha experiencia. Y yo no tengo nada que enseñarle".

-¿A qué atribuye que el ballet clásico no cuajara, ni quizá cuaje nunca, en España?

-Hubo un tiempo en que sí se logró, cuando la directora del Ballet Nacional era María de Ávila. De allí salieron grandes estrellas como Arantxa Argüelles o Trinidad Sevillano. Luego, políticamente se decidió que la compañía tenía que ir en una dirección determinada, que era la contemporánea, y pusieron a Nacho Duato. Fue él quien decidió que el ballet clásico no tenía espacio allí. ¿Por qué la gente dejó de ir a ver a la Compañía Nacional después de 20, incluso de 10, y hasta de 5? Porque es un coñazo. Siempre ves lo mismo. No significa que Nacho no sea un buen coreógrafo, lo es, pero en dosis. Como todos. No puedes estar comiendo 20 años el mismo plato. El problema es que nuestras instituciones culturales no tienen responsabilidad. La CND tendría que asegurarse de ofrecer un número suficiente de actuaciones para un número determinado de público. Y esta regla no funcionó en la compañía, porque era muy aburrida. Muy repetitiva. Él quería hacer una compañía de autor, como había visto en la de Jirí Kilyán. Y si quieres una compañía de autor, hazla privada, juégate tú tu propio dinero.

-No parece abundar entre sus compañeros ese interés suyo por el trabajo en la sombra, lejos de los focos...

-Sé que no es lo normal en este gremio, pero ¿qué le vamos a hacer si a mí me interesa la gestión? Yo lo veo como una manera de devolver a la danza todo lo que me ha dado personalmente. Aunque a lo mejor esa pulsión estaba ahí de siempre. El primer espectáculo que fui a ver fue un Lago de los cisnes, que no me gustó nada. Me interesaba hacer ballet, pero no verlo. Yo no sabía que había que bailar en el escenario. ¡Me pareció de un exhibicionismo! No me resultó serio para nada... Menuda era yo.

No es ese el único estereotipo que Rojo incumple. No se ajusta a la imagen de la lánguida bailarina. La contagiosa inquietud intelectual de esta ávida lectora de literatura española y latinoamericana y compulsiva consumidora de cine y teatro quedará patente cuando a mitad de la charla se interese por el libro que porta el periodista. Se trata de Apollo's angels, una historia del ballet con la que la exbailarina Jennifer Homans ha conseguido abrir en el mundo anglosajón un enconado debate en torno al capítulo que cierra el ensayo, en el que se afirma que la danza es un arte muerto, incapaz de adaptarse a los retos de la contemporaneidad.

Coge el libro y lo abre por la mitad. "No leas a partir de aquí", dice con fingido enfado. "Me molesta un poco el cliché que afirma que en el ballet todo va a peor. Somos mejores bailarines que los de hace 50 años. Sin ninguna duda. Tanto físicamente como en lo puramente atlético, tanto en la alimentación como en la musculatura. Artísticamente ya es una cuestión de opiniones, pero a mí me parece que esa señora no ve lo que hacemos nosotros o la Ópera de París. Es más, estoy convencida de que la generación que venga dentro de 20 años será mejor que la mía".

Rojo opina que la disciplina a la que consagró su vida tiene algo que decir, incluso enfundada en sus aparatosos tutús, ante la cruda realidad; también ante eventos tan dramáticos como los disturbios que asolaron su ciudad en verano. "El arte puede aportar lo que aporta siempre. Puede hacer las preguntas cómodas e incómodas. Ante la crisis moral de esta sociedad, viene a ayudarnos a contestar esas preguntas. Todas las historias, pero sobre todo las que sobreviven tanto tiempo, como El lago de los cisnes, sirven de mucho. Desde el punto de vista de un niño homosexual que no es capaz de salir en sociedad, o de la mujer que ansía ser otra cosa, o del soberano que no acepta las responsabilidades de la corona...".

Por eso le resultó tan molesta, como se ha encargado de decir a quien ha querido oírla, la adaptación de Darren Aronofsky al cine, ese Cisne negro que le valió un Oscar a Natalie Portman. "Los críticos la pusieron tan bien porque visualmente era muy bonita. Pero para mí fue una gran desilusión. En cuanto pones un tutú y un par de bailarinas, todo se vuelve súbitamente bello. Pero en cuanto a la película, ya solo como película, los diálogos y todo lo demás son tremendamente torpes". Se enciende cuando recuerda que el director aseguró que Portman había logrado meterse en la piel de una primera bailarina tras solo un año de duro trabajo. "Me parece una falta de respeto hacia esa doble del New York City Ballet que la ayudó en las escenas. Además, yo sé que eso es imposible".

Lo cierto es que el éxito de una película tan truculenta (en el argumento hay episodios de autolesiones, anorexia, acoso sexual y turbias derivadas del amor materno-filial) podría venir a confirmar una cosa: el mundo está dispuesto a creer que una compañía de ballet es un ambiente claustrofóbico, el escenario perfecto para la representación de nuestras peores pesadillas. "Hubo una época en la que probablemente fue bastante parecido a lo que se expone en la película. Hoy en día, por ejemplo, si sufres un desorden alimentario, tu carrera se acaba rápidamente. Creo que a todos nos gusta pensar que aquellos que alcanzan algo tienen que sufrir para lograrlo. Así nos sentirnos mejor por no intentarlo. Como cuando nos divierte ver las fotos de las famosas famosísimas, en la playa, gordas, horrorosas... Genera cierto bienestar. Lo mío es un sacrificio elegido, no impuesto. Esto sería terrible si me obligaran todos los días. Si te sacaran de la cama, te arrastraran y te pusieran a entrenar".

Por suerte para sus seguidores, a Rojo solo le pesa "algunas mañanas", las que siguen a una función especialmente exigente, levantarse de la cama. Ese primer paso de baile de la coreografía diaria. Esa pirueta tan costosa y tan universal. P
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